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El árbol sagrado – Julieta Muñoz
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flor capulí
14 Feb

El árbol sagrado

Escondióse el sol tras la montaña y la blancura de la luna apoderóse del cielo. Cobijáronse las estrellas con las sombras, mientras varias vasijas de licores corrían a través de los prados sobre las cabezas de las mujeres, envueltas en melodías. Un hilo de lumbres de fuego y velas dirigíanse a la redondez de los lienzos de algodón de color azul, que sostenían las miles de figuritas plateadas que rodeaban los hirientes rayos lunares, penetrando por las ventanas hacia el centro del lugar, donde una imagen imitaba la imperiosidad de la Reina de la Noche, que yacía sobre su lecho solemnemente.

Asomaron los Reyes con sus esposas y concubinas, los príncipes y guerreros y la inocencia de las vírgenes guardianas del templo, todos ellos acompañados por las gentes. Un grupo de pueblerinas aproximóse al rostro de plata de su diosa y ofrendáronle diversas dádivas: frutos, perfumes, piedras preciosas y ramos de flores silvestres.

La música de las ocarinas y rondadores continuaba vibrando con tono sereno, y el eco chocaba contra las paredes de laja, seduciendo con sus notas vehementes a hombres, mujeres y niños. El ambiente transformóse con un susurro violento, pues las puertas cerráronse con el suave golpe del viento y atraparon un calor y ansiedad intensos.

Túnicas bañadas de nieve resplandeciente, pinceladas con finas líneas doradas en los bordes y adornadas por gloriosos medallones de metal blanco, desfilaban sobre la castidad de los esculturales cuerpos de las doncellas, en torno a los tantos obsequios que perfilaban el círculo del santuario. La realeza admiraba el espectáculo y los jóvenes príncipes no podían quitar su mirada de las vírgenes y sus corazones latían al compás de las caderas de aquellas. El melancólico gemido de los instrumentos les cortejaba en cada romanza con bailes curiosos, emanando exorbitantes emociones y pasiones.

Inesperadamente, todo quedó en un total silencio, donde únicamente se escuchaba el sonido de las hojas que eran arrulladas con la brisa. Una de las mujeres levantóse lentamente como un capullo floreciente y empezó a cantar con la dulcedumbre de una pequeña. Fue entonces cuando uno de los herederos al trono alzó su cabeza, sus nervios desconcertáronse y un deseo ferviente de tenerla pegada contra su pecho arremetió el vacío de sus sentimientos con frases aturdidas de amor. Recorrió con la mirada cada rincón de la virgen y cayó rendido ante su indescifrable hermosura. Sus ojos eran como dos noches inmensas que descansaban sobre su rostro canela; sus labios de miel endulzaban sus cánticos agudos; la negrura de sus cabellos gruesos y luminosos cubría la desnudez de su cintura; y sus manos gráciles cual manto de seda. Con los pies descalzos, apoyábase sobre el granito y la arena.

La ceremonia culminó con el fulgor de las antorchas que colgaban de los muros, la gente abandonó el templo y las muchachas regresaron a los monasterios. Todos formaron filas entre las columnas que ornaban el contorno del templo y precisamente en ese instante dos mundos disparejos enfrentáronse cara a cara, y es que el destino hizo colapsar de manera tan insospechada a un hombre enamorado y una dócil zagala. Halláronse debajo de la perennidad de los lápices de roca, a la vez que las gotas de lluvia se deslizan por los ropajes, y sus redondas pupilas intercambiaron corrientes de fuego candente, pero ella inclinó su cabeza inmediatamente y alejóse.

De algún modo, esa expresión de los luceros atacó el corazón del doncel y obligóle a atar sus sentidos a una idea loca de pasión. Fue como un rayo opaco que cegó su lógica, lo que arrastróle por el camino de lo irreal directo a ella. Desprevenido agarróle, como cuando la marea sube con sus poderosas olas, y disparó un sortilegio de ardiente amor. La incertidumbre dominó su pensamiento y tropezóse de pronto con una dimensión distinta a la suya, donde una luz tenue iluminaba la vida y un extraño olor a pureza invadía la muerte. Guardó en sus venas el secreto de su agónica desesperación y lavó con sus lágrimas las huellas de su escape desenfrenado.

Luego de varias madrugadas de haber fraguado su obstinación, raptó a su amada y cargóle hasta los bosques montañosos. Ella despertó horas después, encontrándose perdida entre tantos árboles, y cuando vio al mancebo enfrente, quedó sin aliento y orientó su mirada hacia la tierra.

—Sé lo sorprendida y asustada que estás, doncella. Pero no temas, que ningún mal te haré, pues sólo deseo aferrarme a la serenidad de tu voz, al calor de tu boca y acariciar las palabras de tus ojos eternos.

La moza permaneció callada y con sus manos tocando el suelo. El príncipe solicitó que le respondiera, porque su sigilo impacientábale y además advirtióle que no había inconveniente en que le mirara a los ojos. Nerviosa y temblando cual pámpano seco, obedeció la petición.

—Disculpe, señor mío, pero no comprendo lo que sucede. Estoy completamente perpleja y a lo que ha dicho no encuentro ningún sentido.

—¿Acaso dudas de mi sinceridad? ¿Es que insinúas que he estado alucinando constantemente, que todo ha sido un simple y fugaz sueño que me tiene andando sobre las terrestres nubes? ¿Podría ser un puñado de interrogantes quienes han controlado mi disposición? ¿O quizás es un trauma deliberado lo que me ha apartado de mi reino? No lo creo así, pues siento que te amo, y lo sentí desde el primer segundo en que cruzaste mi sendero.

Los dos enmudecieron por largo rato y fue la límpida vestal quien absorta irrumpió:

—Mi nombre es Lina, que significa paraíso sagrado, ¿y el tuyo?

Una sonrisa nació del rostro pálido del príncipe y contestó:

—Capu, y simboliza a los árboles y plantas de la naturaleza.

La pareja de adolescentes fecundó una devoción que quebrantó con todo régimen que imponía el imperio, pues estaba prohibido que las vírgenes de los templos se relacionaran con hombre alguno, por más que se tratara de un vástago real, y sin importar lo establecido, huyeron juntos a los páramos coloridos por las cosechas de quinua. Asentáronse en una villa pequeña, común, de un estilo muy cotidiano y tranquilo, sitio en el que prevalecía la quietud, la justicia y donde la única ley era la honestidad.

Entretanto, los soldados y protectores de la monarquía dispusiéronse a traer de vuelta a los dos fugitivos, sin obtener tal cometido.

Transcurrieron meses celados de prosperidad y sosiego para Capu y Lina, arrebujándose un chiquillo en el vientre femenino, quien era alimentado por los besos de su madre y por el regocijo de su padre.

Habiendo parido un mozuelo de ojos soberbios, el ambiente se tornó sórdido y el valle de ilusiones de ambos amantes feneció, adquiriendo un nuevo rumbo: el de una cárcel que encierra la libertad y destruye la esencia.

Los guerreros jamás cesaron la búsqueda y no consentían el hecho de permitir que los delincuentes no pagaran su penitencia: la muerte. Por ello, viajaron miles de leguas y en todas las direcciones posibles con el propósito de atraparles. Lamentablemente, cumplieron su encomienda.

Afiladas hachas de metal, sostenidas sobre un tronco, y pedruscos de diferentes tamaños cayeron en los montes desde el firmamento como borrasca gris en invierno.

Atormentados por el escándalo y furia de los verdugos, Capu y Lina emprendieron su escabullida, y sin más remedio dejaron a su descendiente a cargo de una señora de avanzada edad que vivía a un costado de su vivienda y quien prometió, con la mano en el corazón, que cuidaría de éste como si fuese suyo.

Corrieron hasta que sus fuerzas agotáronse y sus pies viéronse débiles e incapaces de un paso. Alcanzaron la cima de la montaña y desplomáronse sus cuerpos sobre el verde y el polvo: una lanza clavóse en sus espaldas y un torrente de rocas aterrizaron sobre sus extremidades inmóviles.

—Te amo—fueron los últimos vocablos que Capu pronunció antes de perecer, arrimado al pecho de su mujer.

La crecida yerba fue arrancada de la tierra y diminutas plantas fueron sacadas de su espacio. Caváronse dos hoyos profundos y alargados y los restos inertes de las víctimas fueron sepultados.

Vagos años trascendieron al incidente y la loma empinada que fue lápida estéril cambió a ser terreno brillante. Las raíces extendiéronse y escavaron la dura tierra, ascendiendo a la superficie con un tallo marrón, firme y ancho, cuyas ramas infinitas nublaron la soledad del campo y revistieron la angustia de la bóveda celeste con glaucos follajes interminables. ¡Y qué lindura de flores! Imitan blandos copos cristalinos de los que brotan exquisitos frutos como cerezas negras de un caramelo excitante.

Es el Árbol del Paraíso Sagrado, es el árbol de capulín*, el mismo que germinó de un beso, engendrado por dos enamorados que sucumbieron en la lucha por defender su amor. Así nació este frondoso arbusto que lleva dos colores relucientes y un sabor meloso: blanco como las palomas, los ángeles o la luna, que sobresale entre el luto de la noche oronda y que humedece su carne con ríos de almíbar.

Y yo mismo sumergí mi alma en una fuente incesante de dulzura, y recuerdo como si fuera ayer la primera vez que mis oídos escucharon los centenares de prosas y versos del relato. No existe modo de desvanecer tales expresiones que relatan la cadena de mi vida, porque soy el capulín, de delicada piel, de ese príncipe embrujado y de esa cautivante doncella.

 

capulí

 

*Capulín o capulí (Prunus salicifolia), también llamado cerezo negro, crece desde México hasta Bolivia. Se cree que proviene de México o Guatemala, pero hay quienes apuestan por un origen andino, específicamente ecuatorial, de acuerdo a estudios arqueológicos, lingüísticos y etnohistóricos. Es posible que la domesticación haya dado como resultado dos frutos diferentes de la misma especie. El capulí pudo llegar al Ecuador en el período preincaico a través del comercio existente con Mesoamérica. También pudo ser al revés, habiendo nosotros introducido esta fruta a tierras mesoamericanas. En todo caso, hasta el día de hoy el capulí es parte de la tradición culinaria del Ecuador, particularmente con el jucho, una bebida a base de capulí, arroz de cebada, canela y durazno.

Julieta