El inicio de la mediana edad
Hace 10 años, cuando cumplí 30, entré en crisis. Tenía una lista de metas por cumplir y no taché ninguna. También fue una época dura porque mi mamá estaba enferma y pocos meses después falleció. Mi papá le siguió luego de unos años y mi abuela materna finalmente partió hace un año. Llegué a los 40 años de edad sin alcanzar esas mismas metas de los 30, soltera y sin hijos, sin doctorado, sin casa con jardín, sin propiedad en el bosque y sin libro publicado. La vida ha sido maravillosa con todas esas ausencias y carencias, porque he vivido cosas extraordinarias en estos diez años que me han hecho sufrir y gozar. Me quedé huérfana y cerré el negocio familiar, pero también fui nombrada Cónsul de Islandia, cambié de carrera sin experiencia previa y me hice montañista.
La vida ha sido un balance de episodios tristes y felices, como debe ser. He caído en depresión varias veces y he salido con una cicatriz más. Me obligué a mantener hábitos saludables, sabiendo que el bienestar es un esfuerzo consciente, una decisión diaria que se alimenta de constancia y coherencia. También me enfoqué en llevar al cuerpo y la mente al límite para descargar una dosis alta de adrenalina y dopamina que reiniciaran mi cerebro. Varias veces exageré y más bien terminé totalmente exhausta y adolorida. El cliché de analizar los eventos del año y proponerse metas ambiciosas para el siguiente es una trampa en la que todos caemos. Sin embargo, es cierto que poner las metas por escrito y establecer pasos para cumplirlas es muy eficaz. Por algo los psicólogos o instructores (coaches) recomiendan escribir los pensamientos, incluyendo objetivos de vida, y llevar un diario de gratitud para agradecer y reconocer las cosas buenas.
Este año me pregunté muchas veces para qué quiero vivir otros 40 años. No tengo hijos que criar ni padres que cuidar, lo cual el banco me recuerda cada tres meses cuando me llama a ofrecer seguros médicos o familiares u ofertas del regreso a clases. ¿Qué le da sentido a la vida? Según los expertos y seres iluminados, ponerse al servicio de otros, eso le da sentido a la vida. Ahora estoy al servicio de la naturaleza a través de mi trabajo, al de mis colegas, de mi familia y de mis amigos, incluso de desconocidos que cruzan mi camino. La comunidad ha ganado valor en mi léxico: en la conservación ambiental, en la membresía al gimnasio, en las aventuras a la montaña y en las tiendas de barrio. La comunidad es la familia extendida que uno escoge, la que da sentido de pertenencia y la que puedes ampliar, modificar o reducir según veas pertinente.
La vida es más divertida y llevadera cuando tenemos testigos de nuestros logros y soporte durante los momentos difíciles. Así es en el amor, en la amistad y en el trabajo, siempre las personas hacen la diferencia. Cada etapa de la vida vendrá con sus retos y enseñanzas, con personas clave que se quedarán poco o mucho tiempo, con destinos inconclusos y sorpresas maravillosas. Navegar la incertidumbre siempre ha sido complicado para mí, pero los años van afinando las emociones, calmando la ansiedad y fortaleciendo la adaptación. Que vivamos más a gusto y con menos preocupaciones, aprovechando el presente sin añorar tanto el futuro, porque el mejor momento siempre es ahora.