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El cuerpo – Julieta Muñoz
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sol de medianoche
6 Feb

El cuerpo

Parte I

 

Con los pies sucios y el cabello desarreglado, descalza y cansada, el olor a jabón impregnado en la ropa y las manos, el trapo mojado y cubierto de polvo, trapeando el suelo en que miles de zapatos han pisado. Caminando por Laugavegur con la mente nublada por tantos pensamientos y el cuerpo tropezándose con otros cuerpos que también se apresuran en las aceras. El viento que sopla suavemente se lleva con él las preocupaciones, los anhelos y los imposibles, y el alma se siente aliviada porque el peso que carga se aliviana. Un café no vendría mal para levantar el espíritu y despertar los ojos ciegos.

Prikið, Sólon, Apótek, no, no. Es Brennslan. Y el ruido de las voces de repente se concentra en una sola mesa. Ahí está él. Y ahí está ella. Las historias y los cuerpos causan risas estridentes que espantan a unos e impresionan a muchos. Ahí sigue él y ahí sigue ella, pero la distancia parece infinita.

Toman el 115 en la estación, 20 minutos, quizás 25, y otros 20 para disfrazarse. Viene el 115, 27 minutos, 5 más por Hverfisgata, 2 hasta encontrar sus ojos, 5 más para tomar asiento y saludar a las caras desconocidas, 65 minutos y los cuerpos se entrelazan entre sí y con la música, pasan otros 25 y la cerveza empieza a recorrer los cuerpos y a afectar sus mentes. Ahí está él. Y ahí está ella. La noche devuelve las preocupaciones, los anhelos y los imposibles que el viento se llevó hace pocas horas, pero el cuerpo las echa en un cuaderno, en 10 líneas y un dibujo.

Dicen que las miradas matan, pero también confunden, asustan, y lo más peligroso, ilusionan. Basta una mirada que mata, confunde, asusta e ilusiona y ella se va con él, pensando en los libros, pero pensando más en él.

Como la estupidez, la inocencia no tiene límite. El cuerpo está triste y cansado, no quiere hablar, sólo dormir, dormirse sobre las sábanas y los recuerdos y despertar cuando todo haya pasado. El cuerpo no quiere decir nada y las voces están encerradas en el vacío del hombre, cubiertas de tierra y deseos y sueños y cosas que no existen.

Dos velas encendidas alumbran a los tres estados del cuerpo y apenas tocan a los otros dos cuerpos que están acostados en el colchón. La mente se separa del cuerpo, porque la mente no puede creer o entender que el cuerpo esté ahí, y ahí está él. Y ahí está ella. Reposa la cabeza sobre el pecho desnudo, los brazos protegiendo al cuerpo y la voz encantando al corazón y alimentando a la estupidez.

“Érase una vez una jovencita que estaba muy confundida, creía que se estaba muriendo y sólo quería dormir, pero en verdad sólo estaba creciendo y empezando a entender las cosas. Tenía miedo, no sabía exactamente lo que le estaba pasando, porque lo que creía estaba dejando de ser, y porque estaba aprendiendo cosas nuevas que le asustaban. Pero no tiene que tener miedo ni pensar que lo que es se está muriendo, sólo está cambiando y creciendo, se está encontrando a sí misma. Eso a veces asusta. Quiere soñar, dormir y soñar, y puede soñar lo que quiera porque nada es imposible. Nada es imposible.”

En sus brazos, su calor estremece al cuerpo y aturde a la mente. El cuerpo tiembla, no sabe por qué, tiembla y no puedo controlarlo. Él la envuelve como una cobija y ella se deja envolver. Buenas noches.

La respiración es lo más importante en meditación, y el cuerpo medita. La coordinación es perfecta, es casi como un baile. Inhala sueños y exhala realidad. Inhala y exhala. Los ojos siguen abiertos aunque los párpados los esconden. Los ojos están mirando hacia adentro y el cuerpo sigue meditando, concentrado en inhalar y exhalar. Los cuerpos bailan sin moverse.

60, 120 minutos, el cuerpo aún tiembla y los brazos aún lo sostienen. Las manos traviesas e inquietas reposan sobre el vientre, calman su sed en el ombligo y se mecen en las costillas, de arriba abajo. Un beso en la frente y las barbas pican la piel. Los tambores en el pecho desnudo llevan el ritmo de los sueños y los pasos torpes del cuerpo. Las piernas changadas como las serpientes de la medicina y los dedos que recorren el río de nervios, de arriba abajo, muy despacio y delicado, como tocando un arpa de huesos. Contando los minutos, 10, 30, 120, ahí está él con sus brazos rodeando la cintura de ella que está ahí. Cinco minutos y él se levanta, en 10 ella está con Sabines, pasan 15 y las miradas se pierden. Buenos días.

Con los pies en el aire y el cabello aún desarreglado, desnuda y tranquila, su olor impregnado en el cuerpo y la esencia, caminando por Laugavegur o caminando en las nubes, es lo mismo.

 

Parte II

 

El cuerpo pelea con la mente, su mente, dentro de esas cuatro paredes en Árbær, donde dos cuerpos más están haciendo barra. Suena el celular, ese aparato estúpido que tiene al cuerpo esclavizado y el mensaje le aturde. Diez minutos para las 11 de la noche soleada, el cuerpo duda, pero el corazón, guiado por la estupidez, decide tomar el 110 hasta Miklabraut y atravesar Kringlan, caminando despacio, despacio.

La filosofía de la vida reúne a los dos cuerpos en ese departamento. Ahí está él. Y ahí está ella. Los olores son familiares, los sabores, los espejos y los paisajes, los libros en el estante y el colchón en el suelo.

Sentados, las miradas no se cruzan, las palabras flotan pero nunca reposan, las preguntas abundan y las respuestas se esconden bajo los párpados. Acostados, las historias se recuerdan y los oídos están atentos, pero no tanto como las manos. 10, 15 minutos, el cuerpo no quiere levantarse aunque debería; 20, 27, el cabello grueso y negro resbala entre los dedos y la cabeza descansa sobre el pálpito acelerado de las montañas.

El pecho desnudo y las cobijas hasta el torso, ahí está él y ahí está ella. Temeroso, el cuerpo se extiende al lado izquierdo de la mujerserpiente y cierra los ojos. En un abrazo firme los cuerpos se sumergen y meditan, como una vez ya lo hicieron. How powerful is the sense of touch. El cuerpo se pierde en las caricias, en la música. El arpa de huesos produce una sinfonía deleitante, las cuerdas (los huesos) resuenan en la caja viviente, y las notas son perfectas. La acústica del cuerpo permite que el músico toque toda la noche y que sus manos, su piel, se satisfagan haciendo música. Un albergue suave y terso, el vientre cuna de la vida, una guitarra, un violín, un chelo, una melodía, un beso.

Las serpientes de la medicina beben la leche del sueño profundo. Una muñeca persigue al cuerpo y lo atormenta, es él que está ahí, amenazándolo con su sonrisa entrecortada y sus ojos enrojecidos, él quien le pronuncia las palabras estúpidas y ella está ahí, hechizada, estupidizada. ¡Corre rápido! ¡Corre, corre!

Tiembla de nuevo y el cuerpo se refugia en sus brazos. Duerme. Los pulmones respiran con el aire del otro cuerpo y se quedan vacíos por un tiempo hasta que respiran con normalidad. Los dedos, el índice y el pulgar, dibujan su cara, el lado izquierdo, la ceja poblada y el cutis intacto. El abrazo le deja sin aliento, porque los brazos aprietan hasta que los pulmones se quedan sin alimento y las costillas se clavan en las suyas.

La realidad se convirtió en surrealismo. Un Picasso o un Dalí, un Amaringo. Despierta. Takk fyrir, það var gaman.

 

Parte III

 

Tu cabeza reposa sobre mi pecho y sobre mi hombro izquierdo. Mis brazos no te dejan ir y no dices nada, sólo duermes o te quedas con los ojos cerrados aparentando que duermes. Mis dedos se pasean por tu cabello y acarician tu cuello y tu frente, tus ojos y tus labios. Las yemas de mis dedos te besan, tú no dices nada, parece que no lo sientes.

Mi corazón se acelera y se acelera, parece un caballo corriendo y tú eres el jinete. Tu sueño eterno te bota de mi lomo y amortigua la caída. No puedo dormir. Te veo dormir. Dormido.

Hoy no tocaste el arpa de huesos, no afinaste la guitarra ni cantaste el silencio. Hoy yo soy el músico. Ahí está él y ahí está ella. Otra vez. La última, quizás. Y las manos se unen en un solo rezo, en una sola piel y un solo latido.

No fue cualquier noche ni cualquier experiencia, ni cualquier cama, ni cualquier caricia. Los ojos tienen miedo de reflejarse en las pupilas, y tiemblan, y se quedan cerrados para que la luz no los ciegue.

 

Parte IV

 

Después de tantos días encarcelada, salí al centro. Me vestí con lo que creí ser la mejor ropa para la ocasión, por si te encontraba. Mis ojos delineados con un negro carbón y mis labios color de manzana, la manzana que tentó a Adán y lo echó del paraíso. Tú serías Adán esa noche. Entre tantos cuerpos inocentes y desnudos te buscaba como si buscara una hoja con que esconder mi desnudez y mis imperfecciones. No te encontré. Probé otro sitio, esta vez buscando a Adán en el mundo real, en el mundo al que fue condenado a sufrir hasta el último día.

Sosteniendo un vaso de cerveza en la mano derecha, tratando de caminar recto, te acercaste y te sentaste a mi izquierda. Estabas con los ojos algo enrojecidos por el humo de los cigarrillos y la marihuana y por el cansancio. Llevabas una chaqueta que no había visto antes y unos zapatos que te llevaron hasta la entrada de mi departamento y se quedaron ahí hasta el otro día.

Te acostaste en el lado derecho de la cama, donde siempre te acuestas, y te acomodaste y me hablaste con esa inocencia que siempre escondes entre dientes. Tus manos empezaron a ponerse inquietas, traviesas, atrevidas. Me tomaste de la cintura y me halaste hasta tu pecho, tus brazos me rodeaban. Pediste que el sol desapareciera del horizonte para que la noche pudiera entrar en la habitación. No podía ver tus ojos ni tus manos ni tu pecho ni tus labios. Sólo sentía el calor de tu cuerpo.

Empezaste a jugar, a acariciar mi espalda, a tocar el arpa. Empezaste a componer una canción muy lentamente, como si quisieras que no la escuchara. El aire que exhalabas era el aire que mis pulmones comían. Te movías con sutilidad. Encontraste lo que buscabas. Mordiste la manzana del árbol del bien y el mal, una mordida recelosa al principio, pero no dudaste en devorarla hasta dejar sólo su corazón y las semillas. Entonces sentiste que caías, el peso de tu condena, y te refugiaste en el sueño.

Son las 11, mi vejiga está llena, mis piernas están adoloridas y mis ojos apenas pueden abrirse. Sigues a mi lado, en tu exilio, en tranquilidad. Las cortinas dan paso a poca luz, pero ya puedo ver tus ojos y tu boca y tus manos en mis costillas. Tu cabello rubio y tu piel blanca me cegaron. Me levanté con dificultad. Quiero que te marches, quiero que no me mires de nuevo, quiero que me borres de tu cuerpo, de tus labios, de tu memoria. Bless bless, Bjarni.

 

Parte V

 

Sosteniendo el ritmo de los tambores, el paso, el ángulo de las caderas y la dirección del empeine de los pies. Tan inocente bajo las escaleras de madera recién lacadas, con la mirada serena, con los ojos apuntándome como una pistola y yo sin defensas, vulnerable, distraída.

El corazón empieza a correr hacer él, siguiendo el ritmo de la percusión, el ritmo de la ilusión y la ansiedad. En sus ojos no pasa nada. Todo está sereno, serena la marea, no hay olas ni brisa, no hay nubes, no hay lluvia. Pero la tormenta amenaza el centro de mi cuerpo, pierdo el equilibrio, la calma, la concentración. Quiero mirarle fijo. No puedo.

Su sombra me sigue al segundo piso, disimulada, temerosa tal vez, intimidante más bien. Le saludo fingiendo naturalidad, escondiendo mi torpeza mental. Escucho su voz entrelazada con las otras, su voz en mi pecho, en mi boca y mis manos, entumeciendo mis pies y mis caderas. Enfrentarle, no puedo.

Indiferente, cruzo su horizonte y me marcho con un nudo en los pulmones.

 

Parte VI

 

No sé si quiero besarte o morderte los labios hasta que sangren;

No sé si quiero abrazarte o sofocarte con mis brazos hasta que te falta el aire y te desmayes;

No sé si quiero acariciarte o rasgarte la piel y la carne hasta ver tus huesos;

No sé si quiero contemplarte o sacarte los ojos para que no me mires más.

 

No sé si quiero que me cantes serenatas o me grites palabras de desprecio;

No sé si quiero que me toques con dulzura o me golpees con odio;

No sé si quiero que me protejas en tu regazo o dejes que los buitres me despedacen;

No sé si quiero que me ames con locura o me mates con cordura.

 

No sé si quiero ser la causa de tu desvelo o la dueña de tu olvido;

No sé si quiero ser la almohada en la que descansa tu cabeza o el hacha que corta tu pescuezo;

No sé si quiero ser la voz que te adula en las noches o el ruido que destroza tus tímpanos;

No sé si quiero ser la mano que te ayuda a levantar o la piedra que te hace tropezar y caer.

 

Sólo sé que quiero muchas cosas contigo.

Julieta