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Un amor que no fue – Julieta Muñoz
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Chuquiragua
15 Aug

Un amor que no fue

House of Rock, ahí empezó todo. Empezó con una canción que ni siquiera recuerdo, pero que tú escuchaste con tanta atención que apenas llegaste a casa la buscaste en YouTube y me enviaste un email. Me emocioné tanto al recibir tu mensaje, tan corto pero romántico de cierto modo, pocas palabras, pero mucho significado. Sabiendo que el español no es tu lengua materna, quien sabe si interpreté mal tu pasiva declaración de amor. Era tarde, pero apenas vi tu mensaje en mi buzón, lo leí, y lo volví a leer por si las moscas, analizando tu sintaxis y tu vocabulario de extranjero, y luego hice clic en el enlace, mi corazón palpitando muy rápido a la expectativa de lo que fuese la música. Mi iPad se rehusaba a cargar el vídeo: “error”. Sentí la agitación en mi respiración, la ansiedad por saber qué quisiste decirme. Entonces busqué la canción y probé todos los vídeos hasta encontrar uno que funcionara. Por fin, cargó. Una versión acústica, dos chicos sentados en un escenario pequeño y un público selecto. Buen ritmo, excelente letra. La toqué cerca de 10 veces esa misma noche. Estudié cada palabra, cada frase, asociándolas con nuestra situación. ¿En verdad querías decirme eso? Me emocioné tanto que casi no pude dormir. Tal vez incluso soñé con la canción aunque no tengo memoria de ello.

Ahora venía la parte crucial, responderte. Lo más lógico parecía enviarte una canción, algo con lo que pudiera describir mis esperanzas sobre la relación sin ser muy intensa ni tampoco muy fresca. ¿Cómo encontrar ese balance? ¿Cómo podría encontrar una canción con esas características? Empecé por buscar canciones de mis artistas favoritos, pero ninguno cumplió los requisitos. Me di cuenta de lo existenciales que eran sus álbumes, o lo dramáticos, o lo pesimistas, o lo obsesivos. Era como pescar en veda. Entonces tuve que hacer lo que me parecía incorrecto: enviarte una canción que le dediqué a un amor pasado. No encontré otra solución, pero cuando te envié el email tuve la sensación de que algo se infectó. Quizás te infecté con los recuerdos y los dolores de esa relación quebrada. Pero cuando llegó tu respuesta no percibí nada negativo, más bien te sentí ilusionado. Exhalé ansiedad e inhalé anhelo. El anhelo de verte pronto y besarte, como decía mi canción, besarte sin motivos.

Mojanda, ahí creció todo. Dormí poco la noche anterior, preocupada por no atrasarme o peor aún quedarme dormida. Nuestro primer paseo solos. Traté de no pensar demasiado en qué ponerme, qué llevar, qué decir, y qué callar. Apenas me subí al auto te percataste de que llevaba los zapatos inapropiados para caminar. Se me vino una vergüenza indescriptible a pesar de ser algo tan simple. Pero quise mostrar tranquilidad y humor en lugar de desesperación. Tú estabas tan relajado y contento que no quería contagiarte mis vibras inestables. Seguimos nuestro trayecto hasta llegar al páramo andino con las lagunas de centro. Qué paisaje tan hermoso. Subimos por un sendero hasta la mitad de la montaña y tuvimos que quedarnos ahí porque la sangre dejó de fluir en mi cuerpo. Soroche, qué inoportuno. Me ofreciste un delicatessen sencillo pero sabroso e hicimos de la paja andina una cama confortable. Qué momento perfecto, el momento Kodak, o más bien Canon. Se vinieron incontables besos y abrazos, apasionados y delicados, mientras el día transcurría impasible. Aquí se fortalecería nuestra relación, tal vez hasta se definiría, y acabó el día con un aire de romanticismo.

San Valentín, ahí se arruinó todo. Mi invitación a cenar sacudió tu terreno firme y quisiste huir. De repente no supe quién eras. ¿Cómo pudiste dar un giro tan drástico en cuestión de horas? Tardaste en responder, seguramente pensando en la mejor manera de rechazarme sin ser cruel. Pero el rechazo nunca puede ser dulce. Evalué mis acciones y actitudes durante el tiempo que compartimos, queriendo encontrar el error, la explicación. Fue el karma persiguiéndome y echándome en cara que, en efecto, todo lo que hacemos nos regresa, que cuando se hiere a alguien nos herimos en diferido.

El Pobre Diablo, ahí terminó todo. “No eres tú, soy yo”. Frase despreciable que sólo puede traducirse en “no estoy suficientemente interesado”. Prometo que me senté en la mesa del lugar que escogiste, donde tuvimos la primera cita real, sin tener ninguna expectativa. Evité a toda costa crear conspiraciones en mi contra que explicaran tu comportamiento. Hice lo posible por simplemente esperar a que tomaras aire y me dijeras sin rodeos qué fue lo que pasó. Al fin soltaste el chorro de babas. Tu historia me llevó al abismo del que tuve que saltar para poder reaccionar y dibujar alguna expresión facial que te dijera lo que estaba pensando. Precisamente, fuiste tú, no yo, y así se terminó, sin canción, sin letra perfecta, sólo con ojos lagrimosos, un abrazo y un hasta luego.

 

Cuento ganador del Primer Lugar en el “XXIV Certamen Internacional de Poesía y Cuento” realizado por el Grupo de Escritores Argentinos en noviembre del 2018.

Julieta

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